Bluesky
Rubén Pedreira | Autor de Zona de habitabilidad

Escritura · Ciencia · Curiosidades

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 "—¿Cuánto le debo? —dijo Colin—.

—Es muy caro —dijo el comerciante—. Debería matarme a golpes y marcharse sin pagar…

—¡Oh, no! —dijo Colin—. Estoy demasiado cansado.

—Bueno, pues son dos doblezones

Colin sacó la cartera

—Pero tenga usted en cuenta que es un verdadero atraco —añadió el boticario—.

—Me da lo mismo… —dijo Colin con voz apagada—.

—Es usted tonto —dijo el tratante de remedios acompañándolo hasta la puerta—. Yo soy viejo y no muy resistente.

—No tengo tiempo —murmuró Colin—.”


Esto alterna entre lo graciosísimo y lo deprimente con una naturalidad fuera de lo normal. Una novela surrealista en la que ver a gente saltar sobre nubes, a comerciantes intentando convencer a los clientes de que lo mejor es no pagarles o un piano capaz de crear cócteles según la melodía que se toque en él son cosas que pueden ocurrir.

Un protagonista principal que vive en su mundo idílico de rico hasta que su mujer enferma por una flor que crece en su pulmón y tiene que endeudarse porque lo único que puede curar esa enfermedad es comprar más flores. Un amigo del protagonista principal tan obsesionado con su escritor preferido que gasta todo su dinero en comprarse todas las ediciones de sus libros, su ropa usada y recorre las librerías de la ciudad buscando objetos que tengan sus huellas dactilares. Sus historias se desarrollan en dos contextos muy bien diferenciados: Cuando las cosas van muy bien para todos (primera parte del libro) y cuando van muy mal (segunda parte).

La espuma de los días es un mundo surrealista, pero tiene un mensaje. Un mensaje que seguramente sea la crítica del materialismo existencial y la advertencia de que el mundo idílico no existe. O quizás en realidad no haya un mensaje, quien sabe, porque el surrealismo también tenía mucho de reírse de la gente que por creerse muy intelectual pretende saber el significado de todo, incluso de lo que está hecho a lo loco.

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“Porque os poetas láianse de que a xente non os sabe estimar, e non é certo. Estímaos moito, o que fai é que non os le. Así é mellor: lense uns aos outros e así todo queda na casa”

O porco de pé son os vicios da Galicia dos anos 20 levados ó papel. Vicios tanto das clases privilexiadas coma das clases populares, pois se ben a motivación principal da historia é o seguimento da carreira política dun caricaturesco home que "ascendeu de porco a marrán e chegou a alcalde" tamén se ironiza sobradamente coas incongruencias das ideoloxías e actitudes do pobo xeral. Nesta novela non hai ninguén que non actúe rebaixándose o que sexa preciso para satisfacer os seus intereses, algo moi distinto ó que ocorre no mundo real onde todos somos exemplos de integridade e elegancia.

É unha novela moi irónica, e a maior ironía do asunto é ver que este tipo de obras non caducan co paso do tempo. Cando lemos obras que ridiculizan o comportamento social humano mais esencial tanto ten que se escribiran onte ou fai cincocentos anos: non contarán nada que non siga vixente.  Pode que o mundo sexa diferente, pero os vicios son os mesmos. O que antes era cacique agora é lobby, o que antes era carta agora é correo electrónico e o que antes era xente á que lle gustaba chamar a atención agora é influencer. Pero a esencia das humanidades non cambia case nada.

Unha pelexa entre os tempos antigos e os tempos novos, entre o filosófico e o terreal, representada pincipalmente na maneira de pensar de dous personaxes opostos. Unha novela de estilo clásico pero que traballa un humor intelixente e mordaz que non envelleceu nada. Ó final, como fixo notar aquí Vicente Risco, o que fai que a xente decida pasar por aros pouco apetecibles é o diñeiro e a busca da mellor posición social, como sempre pasou e como semella que sempre pasará.

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Todavía estoy poniéndome de nuevo el cinturón y metiendo mis cosas en los bolsillos a la salida del control de seguridad cuando me llega un mensaje al móvil. "Su puerta de embarque es la C12", se lee en él, entre anuncios varios que invitan a acompañar el vuelo con caprichos superfluos a precios de escándalo.

No queda mucho para embarcar, y al llegar a las cercanías de la C12 ya hay bastante gente por la zona. Me acomodo en un asiento libre, uno de esos asientos de plástico duro típicos de aeropuerto que son siempre una amenaza para tu integridad física. "Más te vale no tener una escala larga, porque como la tengas me voy a encargar de que tu espalda se acuerde de mi toda la semana", piensan para sí mismos. Todos los asientos de aeropuerto son así, tienen esa maldad intrínseca.

Un hombre llega y se sienta justo al lado. Tendrá unos 50 años mal llevados, y nada más sentarse saca un libro y un lápiz de su mochila. Es una novela de Kundera, tengo esa misma edición en casa. La lee con interés y, puntualmente, asiente y subraya algún fragmento. Yo pienso en mi ejemplar, que está impoluto. Nunca subrayé un libro y nunca me planteé hacerlo, no sentí esa necesidad. Pero ahora pienso que el concepto tiene cierta belleza, que hacerlo deja en las páginas la huella del lector, de su forma de pensar y de sus inquietudes.

¿Diría mi copia de esa novela lo mismo que la de este hombre si yo también la hubiera marcado? Seguro que no. Sería una novela distinta, porque tendría las mismas palabras impresas pero el énfasis estaría puesto en diferentes lugares, y el énfasis influye en el mensaje. Quizás perdí la oportunidad de hacer un poco mías las historias de los libros al no haberlas subrayado, pero no pasa nada. La huella que deja la obra en quien la lee tiene más relevancia que la huella que deja quien la lee en la obra.

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"Todos nosotros somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto. Y no debemos vivir de una manera tan rígida, midiendo la longitud con una regla y los ángulos con transportador como si la vida fuera un depósito bancario, ¿no crees?"

No es mi libro preferido de este hombre, ese puesto lo dejo para "El fin del mundo..." o "Crónica del pájaro...", pero quizás sí que es su novela más real. Siempre que no tengamos en cuenta esos libros tipo ensayo en los que a Murakami se le da por contar de qué habla cuando habla de correr o de qué habla cuando habla de escribir, claro.

El de Tokio Blues me parece un universo más realista que mágico, en el que lo más extraño que existe es un psiquiátrico en el que los pacientes se tratan a sí mismos. Suena raro, pero a priori no parece una idea peor que la homeopatía y se introduce de una manera que uno llega a creer que podría funcionar.

Quizás es una historia sobre los peligros de la cordura o sobre lo poco recomendable que resulta priorizar las incomodidades del mundo interior sobre el pragmatismo de adaptarse al exterior, pero más que nada es un libro sobre la curiosa manera en la que la gente archiva los recuerdos menos brillantes en un lugar de difícil acceso para recrearse en ellos  solo de manera muy puntual. La historia transmite lo mismo que salir a pasear un día de principios de febrero con sus lloviznas, sus nubes que solo dejan intuir el Sol de vez en cuando y su nostalgia de pensar que en verano la cosa era diferente.

Si Murakami es un candidato eternamente frustrado para el Nobel es porque seguramente le falta algo. No escribe, ni de cerca, utilizando las palabras y las figuras tan bien como García Márquez. No tiene la capacidad de dejar reflexiones certeras en cada página que sí tenía Sartre. Pero hay una cosa que se le da como a nadie: Crear un ambiente de extrañeza particular en el que lo único razonable es seguir leyendo, incluso en las historias en las que nada parece tener nunca más sentido que el que cada uno quiera intuir.

 

 VALORACIÓN:

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Lo cierto es que lo más extraño que ocurrirá nunca en tu vida no es lo de aquella vez que te encontraste por casualidad con tu mejor amigo del colegio en un viaje a Madagascar. Es cierto que llevabas sin saber de él desde los 11 años y que verlo después de tanto tiempo en el bar de un hotel de Antananarivo no entraba dentro de las quinielas, así como tampoco entraba en ellas el hecho de que lo reconocieras porque conservaba aún ese tic tan característico en la mano que te hizo conectar inmediatamente esa cara envejecida con la del chaval que un día te dió la mejor asistencia de tu carrera en el fútbol escolar. No se lo esperaba nadie, eso es así, pero tampoco es tan extraño como para ser lo más extraño que ocurrirá nunca en tu vida.

Lo más extraño que ocurrirá en tu vida tampoco es lo de aquella vez que lanzaste una moneda al aire en tu visita a Yucatán y no solo cayó perfectamente de canto, sino que además lo hizo encima de un artefacto maya oculto que estaba esperando bajo tierra a que se aplicara sobre él la fuerza exacta que aplicó la caída de tu moneda y en la superficie exacta en la que lo hizo. No contabas con ello, vale, pero tampoco fuiste el primero en descubrir un tesoro milenario por pura casualidad. Harrison Ford se hizo famoso con esas cosas.

Lo más extraño que ocurrirá nunca en tu vida es el simple hecho de que puedas decir "yo". Porque hubo tanta gente tirando monedas al aire o viajando por el mundo adelante a lo largo de la historia que lo raro habría sido más bien que no les hubiese ocurrido de todo. ¿Pero cuantos seres vivos existieron que al pasar por delante de un espejo se dijeran "esa persona soy yo" y, efectivamente, fueran tu? Esa casualidad solo se pudo (y se podrá) dar una vez, a pesar de todos los planetas que existen y todos los tiempos que existieron. Al menos que tu sepas.

Vives en la mayor casualidad del mundo. Y la vives ahora, no en los tiempos del Imperio romano ni en la Edad Media. La estás viviendo ahora, aún tienes margen de maniobra. Elige sabiamente.

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Empieza a hacer algo de frío y la gente ya fue abandonando poco a poco el lugar. Las gaviotas comienzan a hacer suyo ese espacio, que hasta hace un rato pertenecía exclusivamente a las personas, buscando restos de la actividad humana. Esos desperdicios muertos son más fáciles de cazar que los peces vivos, que cada vez escasean más en la costa.

Cuando estás en la calle ese sonido poco armónico que hacen te resulta molesto y hasta te hace temer que dejen caer un desagradable regalo desde arriba cuando las ves volar sobre ti, pero cuando empieza a atardecer en la playa todo es distinto. Cuando esos pájaros, casi siempre desagradables, comienzan a colonizar la arena se convierten más bien en un signo de que una agradable tarde de julio acaba de ser disfrutada.

Te sientas en la toalla una última vez, ya con la sudadera puesta, y miras a la orilla para observar el espectáculo aviar. Ves alguna que otra pelea por un trozo de cucurucho que acaba dejando algunas plumas fuera de sitio. El agua refleja un Sol que ya es más rojo que amarillo, y lo único que queda a tu alrededor es arena y algún grupo de gente alargando la tarde todo lo posible, quizás trabajan mañana y se resisten a que acabe el día.

Alguien propone a tu espalda la idea de ir a alguna terraza cercana y la contemplación del panorama deja paso a la convicción de que tomar una cerveza es el plan adecuado para ese momento. Diciembre traerá otras cosas, pero ojalá julio tarde en marcharse.

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A historia de hoxe comeza cunha teórica imposibilidade. Para comprendela, haberá que lembrar que a materia da nosa galaxia, a Vía Láctea, está concentrada nun disco de mais ou menos 100.000 anos luz de amplitude e 1.000 anos luz de grosor [FIGURA 1]. Aí é onde a práctica totalidade das estrelas galácticas nacen, medran e se reproducen. Ó redor, hai un halo no que pode atoparse gas moi pouco denso e algunhas estrelas moi vellas.
 
FIGURA 1: Diagrama esquemático da Vía Láctea
 
 
Hai bastantes décadas produciuse o descubrimento da estrela HD93521 nesa rexión de halo. A observación desta estrela de tipo O, de alta masa, non tiña sentido porque HD93521 non debería estar alí. É unha estrela moi nova e está a uns 3000 anos luz, como mínimo, de calquera lugar coñecido compatible con formación estelar recente. A incógnita non é que chegara a ese lugar, pois unha estrela pode saírse do disco por eventos violentos coma supernovas ou colisións gravitatorias que poden achegar a enerxía necesaria para mandar moi lonxe a calquera bola de lume xigante que atopen no seu camiño. O problema está en que non tivo tempo para chegar á súa actual situación.
 
HD93521 non pintaba nada aí, porque nunca podería ter chegado dende un lugar de formación compatible coa súa existencia. A súa idade é duns 5 millóns de anos, e o tempo que precisaría para percorrer eses 3000 anos luz que a separan do lugar de formación estelar mais achegado é duns 39 millóns de anos.Suporedes, entón, que o descubrimento foi un feito incómodo. Non hai maneira de nacer en Pontevedra as 15:00 e estar en Pekín ás 15:05, polo menos non mentres Elon Musk non invente algunha trapallada para facelo posible mediante a construción de túneles cuánticos abstractos ou calquera cousa semellante.
 
Tampouco ten sentido pensar que a estrela se puidera formar alí. No halo non se dan as condicións para a formación estelar, é coma agardar un Premio Nobel formándose nun estudio de gravación de Telecinco, sinxelamente non hai nada que poida aproveitar para chegar ó obxectivo porque a materia desa rexión non cumpre as condicións necesarias. É unha historia complicada de explicar, pero nos últimos días publicouse unha teoría que podería cadrar. Segundo investigadores da Georgia State University, esta estrela de 17 masas solares podería ter sido outra cousa antes de converterse nesa estrela masiva e nova.
 
A hipótese é que o que hoxe é HD93521 tería sido, hai tempo, unha parella de estrelas moi achegadas, de idade moito maior e masa menor as actuais, que remataron por fusionarse despois dun longo camiño. Os 5 millóns de anos de vida da estrela actual comezarían a contar nesa fusión. É unha hipótese posible, as estrelas de menor masa poden chegar a vivir moito mais tempo que as masivas e poderían ter viaxado eses 39 millóns de anos dende un evento pasado que as proxectara fóra do disco. Pero o bonito do asunto, por suposto, é que nada é tan sinxelo como parece.
 
Por lóxico que pareza, esta situación tamén sería un cúmulo de casualidades. Para comezar, as dúas estrelas orixinais terían que ter unhas masas suficientemente baixas coma para poder vivir eses 39 millóns de anos, pero á vez terían que ser suficientemente altas coma para crear unha estrela de 17 masas solares, que non é pouca cousa. 
 
Algo que si contribúe a explicar a teoría da fusión é a alta velocidade de rotación da estrela, que é de menos de un día de período e lle confire unha forma ovoide [FIGURA 2]. Se comparamos esta velocidade coa do Sol (tarda 24 días en dar unha rotación) e temos en conta que o seu tamaño é moi superior, podemos facernos unha idea do rápido que xira.
 
FIGURA 2: A alta velocidade de rotación da estrela fai que teña forma ovoide (Fonte)
 
 
Teñen que darse varias casualidades para que todo isto sexa compatible, si, pero o incrible do Universo é que hai unha mostra de corpos tan grande que calquera casualidade compatible coa física (que non ten por que ser a física que coñecemos hoxe) entra dentro do posible. E este tipo de historias son a proba de esa idea. A estrela que non debería estar aí chegaría a ese lugar grazas a unha fusión de estrelas mais vellas? A resposta, coma en moitos outros casos dentro da astrofísica, é un rotundo: "Podería ser, mentres a evidencia non diga o contrario". 
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A veces paso por delante de un bar que tiene un toldo verde. Es uno de esos típicos toldos que son como una sábana estirada y del borde caen unos flecos en los que pone el nombre del local, casi siempre gastado por el tiempo. Paso prácticamente cada día por esa calle y allí está siempre, con su toldo verde.

Tengo el recuerdo claro de un día en el que había llovido bastante y, al pasar por debajo de ese toldo, sopló una ráfaga de viento que hizo que el agua que se había acumulado sobre el un rato antes cayera en mi hombro y me mojara un poco la chaqueta. Fue una mojadura muy ligera, nada traumática, pero el momento de limpiar el agua con la mano se me quedó grabado como se me podría haber quedado cualquier otro.

No es un lugar especialmente digno de recuerdo ni tengo anécdotas dignas de recuerdo sobre él, la verdad, pero cuando hoy pasé junto a la cafetería del toldo verde me di cuenta de que la cafetería del toldo verde no tiene un toldo verde, sino un toldo blanco y rojo, un rojo que más bien se está convirtiendo en rosa por la cantidad de años que debe llevar soportando sol y lluvia sobre él. Ni siquiera tiene flecos, es totalmente liso.

Ver que el toldo verde con flecos no era verde y tampoco tenía flecos me generó una sensación extraña. No es la primera vez que me pasa algo similar, ni será la última, pero sí es la que me hizo pensar sobre cuántos recuerdos inconscientemente erróneos tenemos en nuestra cabeza y cuánto tiempo podemos revivir la realidad de manera certera hasta que se nos descompone en la memoria por mecanismos diversos e incontrolables. ¿Cuánto de nuestro pasado es nuestro y cuanto es simplemente un invento generado para dar completitud a todo lo demás?

Nuestro cerebro tiene fugas y también tiene la necesidad de rellenar huecos para dar coherencia al recuerdo, y resulta incómodo pararse a pensar que las piezas recomponen los detalles que se van escapando del recuerdo real se van colocando sin que uno mismo las guíe. Quizás, en más momentos de los deseables, se sustituyen piezas importantes y significativas sin que seamos conscientes de ello.

¿Cuántos momentos importantes de la vida, que no tienen que ver con toldos verdes, estamos reviviendo erróneamente? ¿Y cómo darse cuenta de ello, si no son objetos tangibles que puedas encontrarte cualquier día en la calle para evidenciar tu error?  ¿Cuánto de nuestro pasado es real y cuánto es una asociación de realidades con remiendos?

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