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Rubén Pedreira | Autor de Zona de habitabilidad

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Madrugar se hace más cuesta arriba desde que existen redes sociales. No hablo desde un punto de vista físico, sino conceptual. Porque madrugar siempre fue algo feo, una faena evidente ante cuyo sufrimiento tenías derecho a tener tus ojeras y tus pocas ganas de aguantar gilipolleces. Pero si te tomas en serio las redes puedes verte tentado a sentirte incómodo disfrutando de ese derecho humano a tu ira matinal, creyendo que quien se despierta a las 7 de la mañana sin ganas de comerse el día segundo a segundo y planteándose dimitir en su cargo es un parguela.

Por suerte esa obligación moral no cala, en la práctica, más allá de las fotos y los textos de quien madruga sólo para subirlos y después se vuelve a la cama. En la vida real las cosas son como deben ser, con su golpe de rabia al despertador cuando suena a horas en las que mejor podría estarse callado, con el poco interés de casi nadie mentalmente estable por ser productivo desde el primer minuto del día y con la libertad plena de decirle a Manolo, el del bar de debajo de tu casa, un "¿pero esto qué mierda es?" cuando de repente un día aparece dibujado en tu primer café de la mañana un corazón totalmente inútil que repercute en cinco céntimos de más en la cuenta habitual. 

Esos cinco céntimos los pagas sin rechistar, claro, porque al fin y al cabo Manolo lleva años poniéndote tapa con la cerveza y haciéndote una tortilla rápida a las tantas de la noche cuando le preguntas si tiene aún la cocina abierta sabiendo que no la tiene. Pero, aún pagándolos, no quieres dejar de mostrar tu disconformidad y tu preferencia por el café insulso de siempre mientras te despides de tu barman de confianza y ves, por el rabillo del ojo, cómo unas clientas que nunca habías visto allí, en ese bar de gente añeja y paredes amarilleadas por los Ducados pre ley antitabaco, sacan fotos a su café con leche mientras Manolo comenta la jugada con los parroquianos de la barra.

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 Fotograma de la película 'La Haine'

 

Algo que te hace notar que ya fuiste más joven de lo que eres ahora es el empezar a ser consciente de cómo esos lugares y contextos que tenías por propios y garantizados se van volviendo rincones prohibidos. 

Lugares como ese antiguo piso de alquiler en el ya nunca más entrarás, esos bares a los que siempre ibas cuando vivías en Reikiavik (que supongo que serían bastantes, porque no creo que en Reikiavik haya muchas más cosas que hacer que ir al bar) o ese patio de tu colegio que nunca más verás salvo que te conviertas en profesor o que por alguna improbable razón tengas éxito en la vida y a algún periodista se le dé por entrevistarte en el lugar donde comenzó tu leyenda, obviando detalles superfluos como el de la vez que te measte encima en clase de inglés o el de cuando te diste un cabezazo de comicidad innegable contra una puerta de cristal demasiado limpia como para que un crío de psicomotricidad limitada consiguiera intuir su presencia.

Esas cosas se quedan en la cabeza, pero nunca vuelven al mundo real. Sólo sirven para volver a sacar a la luz una vez cada mucho tiempo, cuando te reencuentras con los grupos (siempre incompletos, en estas reuniones ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado) de gente con la que compartías esos lugares, cuando alguien suelta el tan temido "os acordáis de cuando..." que hace que veas de repente que en las caras de todos los presentes hay arrugas que no recordabas y cafés con leche delante de quienes antes no especulaban con la cerveza.

La vida es así, no la he inventado yo.

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Eu teño a imaxe de que o día de Reis nunca chove. Pode que alguén recorde moitos 6 de xaneiro con choiva, pero que chova o 6 de xaneiro non quere dicir que chova o día de Reis. Porque por moito que haxa un cada ano, chega un momento no que os verdadeiros días de Reis xa non son os que quedan por diante, senón os que quedaron moi atrás. É neses días que xa pasaron fai tempo onde está o recordo que mellor gardamos desta festa e na memoria do día de Reis sempre vai frío, porque o frío é algo inseparable do Nadal, pero nunca chove. Porque, aínda que en realidade chovera, a auga é o primeiro que se borra da cabeza xa que é impropia de ser gardada como parte dun día que está feito para saír a rúa a estrear agasallos e non para agocharse debaixo dun paraugas.


O día de Reis é un día de frío, da herba insultantemente verde tan propia do inverno e de bafo no aire. Pero o día de Reis nunca chove.

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Fotograma de la película 'Tienda de locos'

Un piano es un objeto de versatilidad muy limitada. Si pensamos en sus funciones llegamos rápidamente a la conclusión de que sólo existe una: crear sonidos. Es cierto que el usuario más inventivo puede utilizarlo de otras maneras y echar mano del instrumento para subirse a él y alcanzar un libro en el último estante de un mueble cercano o para noquear espectacularmente a un enemigo golpeando su cabeza con habilidad contra el teclado, pero si nos ceñimos al manual de instrucciones su uso adecuado no va más allá del de generar notas en función de las teclas apretadas.

Es, como digo, conceptualmente simple. Aprietas una tecla y suena un fa. Aprietas otra y suena un sol. Incluso es posible que, si tienes información privilegiada, seas capaz de apretar en el lugar correcto para que reproduzca bemoles y sostenidos. Es todo tan sencillo que resulta hasta ofensiva su capacidad para llamar la atención de cualquiera que lo escucha.

Un piano bien usado es capaz de conseguir casi todo en términos de transmisión del mensaje. Es casi el único sonido que conozco que no necesita palabras para decir exactamente lo que quiere decir. Puede que el saxofonista más orgulloso defienda que su instrumento también es capaz de hacerlo, pero mucho me temo que no. Lo único capaz de dejar claro lo que está pasando sin necesidad de palabras, aparte de un piano, es un radar de tráfico emitiendo un flash en plena noche y aún así el rango de matices que permite el piano es mucho más amplio. Puedes no haber visto un pentagrama en tu vida, pero cuando esas teclas suenan tu impulso será girar la cabeza hacia ellas (salvo que ya estuvieras mirándolas, ahí no sería necesario).

El piano no necesita de relaciones públicas, nadie reniega de su sonido. Un sonido que, una vez escuchado, es capaz de hacerse sitio en nuestra cabeza para siempre. No creo que exista mucha gente que no haya dicho alguna vez "esta canción me suena" al oír sonar una melodía desde un teclado. Y siempre es Erik Satie, es casi una evidencia científica que cuando a alguien dice esa frase lo que está escuchando es de Satie.

El piano es literatura en sonido.

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 De cando en vez hai que revisar os apuntamentos dos antigos mestres e darlles unha nova ollada dende as distintas perspectivas que vai deixando o paso da vida e das ideas.

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Creo que es importante intentar leer los libros en la etapa vital en la que deben ser leídos. No es que haya que renunciar a leer nada por habérselo encontrado demasiado tarde, pero el vínculo que se crea con las historias no es igual de fuerte si no se cogen en el instante justo y eso hace perder parte de lo que la lectura puede aportar a esas personas extrañas, casi mitológicas, llamadas lectores.

Ahora que, dramáticamente, veo los treinta bastante más cerca que los veinte, si me paro a pensar en qué libros recomendaría leer alguien mientras su edad empieza con un 2 me voy inmediatamente hacia estos. 'Nada' es una lectura que merece acompañar la primera mitad de esa década, cuando se empieza a entender la incerteza perpetua de esa etapa, mientras que 'La náusea' es un complemento muy adecuado para el segundo tramo, cuando ya te da igual hasta leer en los periódicos que un meteorito del tamaño de cinco soles va a caer sobre Albacete.


Lo que sí debo reconocer es que no tengo nada claro que el señor Sartre, con toda la genialidad que llevaba dentro, fuera tan estético por fuera como para estampar su cara en alta definición en una portada. Pero eso ya es cuestión de gustos.

 

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Fotograma de 'Lazarus' de David Bowie

 

Si alguna vez alguien estuviese lo suficientemente aburrido como para preguntarme por influencias literarias de otros escritores en mi novela (aunque me resulta complicado asimilar que alguien pueda llegar a estar tan ocioso) no tendría muy claro qué contestar. En mi caso, lo que influye en la escritura está más en la música que en los libros.


La música suele generar un impacto mucho más inmediato que la palabra escrita. Además, creo que es difícil ver en libros cosas que lleven a ideas literarias válidas porque es evidente que las ideas que están en los libros ya existen en la literatura.

Cuando Bowie lanzó Lazarus en el último disco de su vida no sabía por qué había escrito una canción así, más tarde quedó claro que era su forma de enfrentarse a lo incierto. Poder compartir esas sensaciones con el mundo es un privilegio de artista y lleva a pensar en todo lo que se calla quien no tiene los medios para hacerlo. Lazarus es un manifiesto más que una canción, y hace reflexionar sobre cómo son esas palabras calladas por quien no tiene el altavoz de su obra artística. E igual que hace reflexionar, también puede hacer escribir. Porque no hay nada que obligue a que sea exclusivamente la literatura la que ejerza como influencia literaria.
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Hai uns días vin o documental 'Os días afogados' (de Cesar Souto e Luis Avilés), sobre o asolagamento das aldeas ourensanas de Aceredo e Buscalque para a creación do embalse de Lindoso.

Ollar esas imaxes dos últimos días da vida e dos costumes duns pobos antes de ser borrados para sempre xera certa impresión. Penso que algo hai no impulso creativo en Galicia que nos leva á busca do que xa non está ou que xa non é o mesmo. Un instinto de voltar a unha natureza que se nos foi arrebatando co paso dos tempos e coa chegada doutros estilos de vida máis globales, non sei se peores ou mellores pero sen dúbida menos nosos.

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